Teatro y absurdo

Los tres inventos más importantes del mundo son tres: la democracia, el Logos y el teatro y los tres son inventos griegos. Casi simultáneamente tragedia y comedia emergieron de la conciencia humana con dos destinos bien distintos, el primero, la tragedia estaba destinada a recordar a los mortales los limites del derecho natural y a señalar las consecuencias de la transgresión -que no suceda en la realidad lo que sucede en escena-, y sus consecuencias de hybris, el peor pecado que un griego podia cometer y casi siempre castigado de forma ejemplar. La comedia, con intenciones bien distintas ocupó el lugar de la risa para tratar otra vez con lo trágico, lo satírico nació casi al mismo tiempo que el drama.

Pero llegó un momento en que el teatro entró en crisis y quizá esta crisis vino de la mano del cine, llegó un momento en que ir al teatro ya no suponía un acto mágico de “suspensión de la incredulidad” que comenzaba al levantarse el telón y que es necesario para presenciar un drama en escena, el teatro que comenzó siendo -como el resto de las artes- en un simulacro de lo real terminó por parecerse tanto a la realidad que sus bordes se difuminaron siguiendo las corrientes estéticas de la modernidad y rompiendo relaciones con lo canónico. Así comenzaron a emerger autores como Mroczec, Arrabal, Ionesco o Beckett especializados en textos a veces herméticos y en puestas de escena hiperrealistas y a propuestas vagas y muchas veces antiteatrales como esta “cantante calva” de Ionesco que he elegido para ilustrar este ensayo estético dramático de una obra de teatro donde no hay trama, ni argumento, ni dimensión psicológica en los personajes. Se trata simplemente de una conversación banal entre personajes banales alrededor de una mesa camilla. Una conversación como la que cualquiera de nosotros puede tener con un vecino. Aparece el “morbo por lo real” en sustitución de la catarsis de lo reprimido.

lacantantecalva1.jpgEl teatro del absurdo se alimenta de elementos sacados de la hiperrealidad: el anacronismo y la heterotopia, como ese bombero que aparece en “La cantante calva” y que nadie sabe que está haciendo en escena. A propósito: ni hay ninguna cantante ni es calva.

Un extracto muy breve de esta obra aclarará inmediatamente la absurdidad de las conversaciones.

sra. smith:

– ¡Oh, sí, capitán, vuelva a empezar!

Todos se lo piden.

el bombero:

– ¡Ah!, no sé si voy a poder. Estoy en misión de servicio Depende de la hora que sea.

sra. smith:

– En nuestra casa no tenemos hora.

el bombero:

– ¿Y el reloj?

sr. smith:

– Anda mal. Tiene el espíritu de contradicción. Indica siempre la contraria de la hora que es.

(…)

el bombero:

– (…) Eso me recuerda que debo irme. Puesto que ustedes no tienen hora, yo, dentro de tres cuartos de hora y dieciséis minutos exactamente tengo un incendio en el otro extremo de la ciudad. Tengo que apresurarme, aunque no tenga mucha importancia.

sra. smith:

– ¿De qué se trata? ¿De un fueguito de chimenea?

el bombero:

– Ni siquiera eso. Una fogata de virutas y un pequeño ardor de estómago.

sr. smith:

– Entonces, lamentamos que se vaya.

sra. smith:

– Ha estado usted muy divertido.

sra. martin:

– Gracias a usted hemos pasado un verdadero cuarto de hora cartesiano.

 

Naturalmente “La cantante calva” tuvo un éxito impresionante y despertó en los espectadores una hilaridad que nadie esperaba. Nadie sabe de qué reian los espectadores puesto que al fin y al cabo lo que en el drama se representaba no era más que la mísera vida cotidiana de todos nosotros. ¿Se reian de sí mismos?

Es muy posible que la catarsis camuflada de los hombres de hoy consista precisamente en eso: en encontrar un espacio para reirse de nosotros mismos, un espacio podriamos decir consensuado, al gusto de cada época. Lo mismo sucedió con “Einstein on the beach” una obra “infumable” de Philipp Glass donde se lleva al paroxismo la doctrina del minimalismo: la repetición ad infinitum (y por tanto ad adsurdum) de la melodia donde sutiles cambios van apareciendo poco a poco y de forma reiterativa acompañando un texto agramatical, una ensalada de palabras recitadas cuyas constantes referencias a Einstein resultan lo unico inteligible de un texto escrito por un poeta autista.

La “opera” dura 5 horas y pone en jaque a cualquier vejiga de la orina. Entrar y salir del patio de butacas era la norma y lo que se pretendía con esa salmodia de repeticiones. Al final los que resistieron a todos los elementos le cogieron el gusto a ese mantra hipnótico de Glass y proporcionaron a su obra de un éxito sin precedentes.

Aqui hay un par de minutos de la ópera en cuestión: