Pueden haber gatos sin sonrisas pero nunca una sonrisa sin gato.
(Alicia en el pais de las maravillas)
Cuando era un niño me llamaba mucho la atención tanto el oido como el olfato de los perros, ellos parecian conocerlo todo a través del olor, husmeando por ahi, y seguramente oian cosas imposibles para los humanos de modo que le pregunté a mi abuelo (mi abuelo parecia saberlo todo):
- ¿Abuelo, por qué los perros oyen y olfatean siempre y parecen reconocernos por el olor o la voz?
- Nosotros no necesitamos esas cosas y ¿sabes por qué? Porque nosotros somos muy inteligentes, más que ellos, por eso podemos hablar y ellos no.
Y ahi acabó la explicación.
De modo que me quedé con la idea de que inteligencia y lenguaje eran la misma cosa y que por eso nosotros casi no teniamos olfato y nos reconocíamos por la vista seguramente, que es poco de fiar.
Más tarde ya siendo estudiante de medicina y después de conocer la teoría de la selección natural de Darwin completé aquella pregunta con otro enigma: seguramente nuestra especie habia progresado tanto (en relación con los animales) a causa de nuestra inteligencia y de ciertos genes competitivos que habian hecho que nuestra especie ascendiera escalones evolutivos hasta situarse en el zénit de la pirámide de la vida.
Pero yo nunca las tuve todas conmigo por una razón: no entendí nunca como una especie como la nuestra mal dotada en la visión, oido y olfato habia tenido tanto éxito evolutivo, ¿como logramos sobrevivir a los constantes cambios de clima y hábitat?¿Como nos las arreglamos para comer, no morir de frío y reproducirnos a pesar de las condiciones ambientales adversas?.
Faltaba algo en la ecuación, pues nosotros los sapiens no tenemos la vista de las águilas, ni el olfato de los perros, el oido de las gacelas, la velocidad de carrera del puma, los cuernos de los búfalos, los dientes de los leones, el aparato digestivo de las cebras o las garras del halcón. ¿Cómo es posible que una especie tan mal dotada para sobrevivir hubiera tenido tanto éxito evolutivo?
Si la selección natural era una especie de lotería donde el más fuerte y el más dotado era el que lograba sobrevivir y por tanto transmitir sus genes a la siguiente generación, había algo en nuestra especie que no encajaba. Todo parece indicar que el sapiens no estaba demasiado bien dotado para sobrevivir a ambientes cambiantes y dispersos, amenazados por venenos y enfermedades, fenómenos naturales adversos y el constante acoso de las fieras.
Perseguí esta idea hasta que un dia me encontré con un articulo de un judio zoólogo llamado Zahavi (A. Zahavi, 1975). Alli el autor afirmaba que a veces el éxito de una determinada especie o rasgo no procedía de sus ventajas sino de sus hándicaps.
De modo que me propuse averiguar algo más sobre el asunto y me di de bruces con Roger Bartra.
Roger Bartra es un antropólogo de origen catalán afincado en México que en el 2006 publicó un libro fundamental en la historia de la neurociencia y que se titula “Antropología del cerebro” ¿Qué hace un antropólogo escarbando en el cerebro humano si no sabe nada de neurobiología me pregunté?
De modo que comencé a leerlo. Hace ya algun tiempo publiqué algunos de sus hallazgos en sendos posts, de los que extractaré algunas de sus ideas principales, una de ellas procede de una pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez:
¿Usamos todo nuestro cerebro?
Para contestar esta pregunta neceistaremos hacer una pequeña incursión evolutiva: el paso de un cráneo neanderthaliense a un craneo braquicefálico que ya mostré en este post. Y adentrarnos en un concepto planteado por Ian Tatershall y Jay Gould al que llamó exaptación. A diferencia de la adaptación, aquí se trata de innovaciones espontáneas que carecen de función o que juegan un papel muy diferente al que finalmente tienen. El ejemplo más conocido son las plumas de las aves que mucho antes de ser útiles para volar funcionaron como una capa para mantener el calor del cuerpo. Tattersall cree que los mecanismos periféricos del habla no fueron una adaptación sino una mutación que ocurrió varios cientos de miles de años antes de que quedaran circunscritos por la función de articular sonidos. Y posiblemente, según este científico, las capacidades cognitivas de que nos jactamos fueron también una transformación ocurrida hace 100 o 150 mil años que no fue aprovechada (exaptada) sino hasta hace 60 o 70 mil años cuando ocurrió una innovación cultural, el lenguaje, que activó en algunos humanos arcaicos el potencial para realizar los procesos cognitivos simbólicos que residían en el cerebro sin ser empleados.
Dicho de otra forma el lenguaje es una prestación basura o pechina que sólo se desarrolló cuando encontró en el medio ambiente y en la tecnología previa un entorno suficiente para que se desarrollara.
Los sonidos hablados no comenzaron a emplearse hasta que nuestra especie se vio sometida a retos que superaban los recursos normalmente usados. Lo importante en un proceso de exaptación es la refuncionalización de las modificaciones no adaptantes llamadas spandrels por Jay Gould, que toma un término de la arquitectura: esos espacios triangulares que no tienen ninguna función y que quedan después de inscribir un arco en un cuadrado (tímpano, enjuta) o el anillo de una cúpula sobre los arcos torales en que se apoya (pechina). Las pechinas cerebrales podrían haber sido circuitos neuronales abiertos a funciones inexistentes o desaparecidas, a memorias inútiles o a señales externas que no llegan, o bien a mecanismos no relacionados con procesos cognitivos.
Naturalmente esta idea no es baladí porque supone el modificar nuestro punto de vista sobre la evolución de nuestra especie. Siguiendo esta teoria de Roger Bartra sobre la conciencia tendremos que modificar nuestro punto de vista sobre la hominización: un proceso que no estaría relacionado tanto como saltos evolutivos provocados por mutaciones sino por evoluciones graduales lentas de cambios que ya estaban preinscritos en el cerebro como una prestación basura que no pudo ser utilizada más que a partir del momento en que se hizo necesaria.
En este sentido la evolución del Homo erectus o el Habilis hasta el Sapiens tendria menos saltos evolutivos de lo que los neodarwinistas suponen y más allá de eso: que el éxito evolutivo del sapiens estaría relacionado con sus hándicaps más que con sus logros cerebrales.
Efectivamente nuestro cerebro es una chapuza tendente a averias, tal y como dice otro neurocientifico del relieve como Robert Linden (Linden 2010). El problema del cerebro es que es un ente vivo y no un motor (que puede pararse) o un ordenador (que puede desenchufarse). Cuando se dan estas circunstancias -y esta es la idea fundamental de Bartra- se provoca sufrimiento. Nuestro cerebro no puede pararse o desenchufarse pero puede sufrir.
Y es precisamente cuando se sufre cuando echamos mano de las pechinas, es decir de esas reservas de conectividad que no usamos más que cuando ciertos gatillos las encienden.
Es seguro que nuestros ancestro sufrieron, frio, hambre, decepción y dolor y esta es precisamente la razón que encuentra Bartra como causa de la emergencia de la conciencia humana.
La conciencia humana emergió por la necesidad provocada por el sufrimiento.
El cerebro humano no puede desenchufarse o pararse como un motor pero puede hacer emerger propiedades autopoyéticas destinadas a aliviar su sufrimiento.
Puede construir prótesis que le permitan minimizar su dolor, por ejemplo el fuego, la idea de Dios, las herramientas, las armas, los adornos, el pensamiento espiritista y sobre todo el entrelazado del clan: las reglas sociales del parentesco y sobre todas ellas la evidencia de que los otros seres poseian intencionalidad igual que nosotros mismos. Bartra llama prótesis tanto a la cultura, a los símbolos, al lenguaje y en suma a la sociedad, una vez creados nos hacemos dependientes de ellos. Un concepto que nada tiene que ver con el concepto clásico de medio ambiente o hábitat que ignora el hecho de que la realidad que percibimos es un constructo protésico de nuestra tecnología. A partir del momento en que se inventó la cultura nuestra especie dejó de ser “natural” y se convirtió en “cultural”. Los saltos evolutivos de la cultura anteceden en millones de años al trabajo evolutivo. La cultura evoluciona más rápido que la evolución.
Para Bartra la conciencia es “aquello que sabemos de una forma compartida” y que incluye la recursividad, “una percepción que percibe que percibe”. Una intencionalidad compartida con otros seres semejantes que a su vez tambien tienen intencionalidad.
Y aqui se inserta el concepto más interesante de su teoria: el concepto de exocerebro.
Tendemos a pensar que la conciencia humana reside en algun lugar de nuestro cerebro, del mismo modo tendemos a creer que nuestra actividad mental procede de ese órgano que reside en el interior de nuestro cráneo hasta tal punto que solemos pensar que cuando un sujeto delira -por ejemplo- ese delirio se encuentra en el interior del cerebro. No es cierto. Del mismo modo que es imposible pensar en el hombre en su forma “natural” es imposible aislar cualquier producto mental y reducirlo a un proceso cerebral. Antes de nada somos productos del feedback entre las prótesis que hemos creado y nuestro cerebro.
Nuestro cerebro no es inmune a ciertos feedbacks que proceden del entorno social que hemos creado puesto que se ve obligado a construir nuevas redes cognitivas para dar sentido a lo que le llega de sus propias prolongaciones. El cerebro del sapiens es una baratija que gracias al dolor fue capaz de crear ciertas muletas cognitivas que le dieron cobertura e hicieron su vida más soportable: lo hizo a través de la tecnología, la ciencia, el saber-compartido, el arte y la conversación. Pero estas prótesis a su vez tienen consecuencia sobre el entramado neuronal.
Pondré un ejemplo.
La idea de Dios es una formidable creación de la conciencia humana que surgió del terror, la soledad, el dolor, la incertidumbre y la ignorancia. No es que Dios estuviera ahi antes de la conciencia humana esperando a que el humano le reconociera, sino que más bien sucedió al revés. pero una vez creada la idea-representación de Dios, esta idea se abrió paso en el interior del cerebro, abriendo conexiones inexploradas e impulsando al sapiens hacia una busqueda espiritual hacia la divinidad que es otra manera de pensar en algo trascendente que está por encima del individuo mismo. El éxito de esta idea modificó el cerebro e impulsó al sapiens hacia otras búsquedas más abstractas, simbólicas y alejadas de lo material. No es extraño que la idea de Dios tuviera tanto éxito en nuestra especie, no sólo por lo protectora que resulta en cuanto a “qué debemos hacer” sino porque también nos impulsa hacia algo que se encuentra “mas allá de nosotros mismos” y que expande nuestros horizontes perceptivos.
La verdad es que el sapiens es efectivamente un cyborg pues gran parte de sí mismo se encuentra fuera de su cráneo en una especie de disco duro “compartible en nube por toda la humanidad”. Son los órganos sensoriales los canales por donde discurre esta comunicación entre exocerebro y endocerebro y nuestra conciencia es la que hace de enlace, de psicopompo.
Bibliografia.-
Robert Linden : “El cerebro accidental. paidos. barcelona 2010.
Roger Bartra: “Antropologia del cerebro”. Fondo de cultura económica. Mexico. 2006.
A. Zahavi: (1975) Mate selection – a selection for a handicap. Journal of Theoretical Biology. 53: 205-214









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